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EFEMÉRIDE DEL MES:

El 8 de marzo de 1920 muere

Rafael Obligado

Poeta y escritor argentino, conocido como “el poeta del Paraná”. Su obra más importante, es el “Santos Vega”, conocido como “el Fausto criollo”. Nuevamente nos encontramos con un poeta al cual se lo recuerda menos que a su personaje.

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Nació en un hogar de antiguo cuño porteño, el 27 de enero de 1851, el mismo año en que moría en Montevideo, Esteban Echeverría. Su infancia y su adolescencia transcurrieron, casi íntegras, en una estancia de sus padres - don Luis Obligado y Saavedra y doña María Jacinta Ortiz Urién - a orillas del río Paraná. Inicia estudios en la Facultad de Derecho, pero los abandona en breve. Su vocación lo lleva al estudio de los clásicos, antiguos y españoles
Pasó gran parte de su infancia en la casa que la familia tenía a orillas del Paraná, donde aprendió a querer al paisaje, a sus criaturas y a la naturaleza.
El paisaje familiar deja en él huella muy honda, tal como la vemos en las Poesías, aparecidas en 1885, que se ampliarán más tarde. Muy corta fue su obra, es verdad, pero ella basta para discernir a Rafael Obligado un lugar alto y de honor en Hispanoamérica. No obstante, como poeta, vivió hacia adentro, hacia sí mismo, con una tensión concentrada que no se tradujo en una actividad exterior ni en quehaceres públicos
"Autobiografía":
Cuando en la Vuelta de Obligado un día
tras larga ausencia me dejó un vapor,
en torrente vivaz la poesía,
ciega, imperiosa, por mi ser cundió.
Sus primeros versos, según parece, fueron muy criticados, Carlos Obligado, su hijo, afirma: "La mayor parte de su haber (en ese entonces) se reduce a versos incoloros, o laboriosamente sentimentales, o resonantes a hueco; fruto de la retórica romántico hispanoamericana que hacía estragos a la sazón".
Son años en los que se tejen grandes proyectos: en 1873 se funda la Academia Argentina de Ciencias y letras, en la que Obligado actúa con preponderancia. Muchas de las reuniones se realizan en su casa. Las reuniones de la Academia se prolongan y continúan en los famosos sábados de Obligado. Allí leyó Obligado sus "Leyendas argentinas" y se criticó exhaustivamente su poema "El cacuí", que incluyera Groussac en La Biblioteca. Lo fundamental de la obra de Obligado está en las Poesías de 1885, aunque se complete luego en el ciclo de las "Leyendas argentinas" y se agreguen algunos poemas líricos.

Ya entrado en años se casa en 1886; tres años después, en 1889, le nombran correspondiente de la Academia Española. Viaja muy poco, sin alejarse mucho de su patria, y, en uno de estos viajes por las provincias mediterráneas argentinas, recoge los elementos de sus Leyendas.
Es uno de los fundadores de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y su consejero y vicedecano en varias oportunidades. De ella recibe, en 1909, el doctorado Honoris Causa. Sus últimos treinta años nos lo muestran alejado de toda labor literaria. Siente vacilar su salud y se traslada a Mendoza hacia fines de 1919. Su existencia, dividida entre el estudio y la meditación, el hogar y el manejo de sus posesiones rurales y su fortuna, se extingue allí el 8 de marzo de 1920. Sus restos descansan en su ciudad natal: Buenos Aires.
Obras
En "El hogar paterno", "En la ribera", "Primavera", "Nido de boyeros", el paisaje es una constante. El Paraná, las islas, su flora, son presencias reiteradas en Obligado.
"En la ribera" es quizá el poema donde Obligado realiza en su forma más estricta y lograda el paralelismo mujer- naturaleza.
"Santos Vega" es el poema más perfecto de entre las "Leyendas argentinas"; Obligado está en el ámbito que es más natural a su poesía: la pampa.
Es importante situar a Obligado como poeta culto frente a la corriente de poesía gauchesca.
Si vamos al poema es esto lo primero que se nos presenta como obvio: un tema tradicional, un mito de la pampa cuyo héroe es un gaucho payador famoso, cuyos elementos son ya folklóricos, elaborados por un poeta culto que se adhiere sentimentalmente a las resonancias de la leyenda, que precede a través de ella a una serie de simbolizaciones, que practica en su estructura la dicotomía pasado- presente y le da un desenlace.
Santos Vega pierde dimensión costumbrista en la medida en que se va convirtiendo en símbolo de ciertas ideas.
Cuatro son los cantos del poema, escrito en décimas, estrofa tradicional en el folklore bonaerense e incorporada ya a la poesía culta.
"El alma del payador" es el primero y establece una distancia temporal con la materia de los cantos que le siguen.
En el canto II, "La prenda del payador", expresa la melancolía inevitable del amor romántico, ficción idealizada de la relación amorosa, tipificación que proviene de una actitud determinada frente a los sentimientos.
Sin embargo el canto III es de movimiento y de lucha. "El himno del payador" comienza con perfiles más precisos. Obligado inserta un plano costumbrista: la descripción de una partida de pato; y logra un pequeño cuadro rico en dinamismo, donde destaca la realidad pampeana, la destreza casi salvaje.
El cantor ya había justificado y ennoblecido su fama con el compromiso por la libertad; su ciclo de hazañas puede terminar, para volver sólo como presencia después de su muerte. El himno de la revolución y de la lucha pertenecen a un momento preciso y concluido.
Obligado no dio soluciones sino interpretaciones poéticas de esa realidad: su mundo poético actuaba libremente en el mito y la leyenda; perdería coherencia interna y literaria si le exigiéramos la coherencia ideológica de las opciones concretas, que el poeta no realizó en ningún plano.
Transcribo a continuación, el primero y el cuarto (último) de los cantos: “El alma del payador”, que muchos cincuentones o sesentones conocen de memoria y “La muerte del payador”
  


El alma del payador
Cuando la tarde se inclina
sollozando al Occidente,
corre una sombra doliente
sobre la pampa argentina.
Y cuando el sol ilumina
con luz brillante y serena
del ancho campo la escena,
la melancólica sombra
huye besando la alfombra
con el afán de la pena.

Cuentan los criollos del suelo
que, en tibia noche de luna,
en solitaria laguna
para la sombra su vuelo;
que allí se ensancha y un velo
va sobre el agua formando,
mientras se goza escuchando,
por singular beneficio,
el incesante bullicio
que hacen las olas rodando.

Dicen que en noche nublada,
si su guitarra algún mozo
en el crucero del pozo
deja de intento colgada,
llega la sombra callada
y, al envolverla en su manto,
suena el preludio de un canto
entre las cuerdas dormidas,
cuerdas que vibran heridas
como por gotas de llanto.

Cuentan que en noche de aquellas
en que la Pampa se abisma
en la extensión de sí misma
sin su corona de estrellas,
sobre las lomas más bellas,
donde hay más trébol risueño,
luce una antorcha sin dueño
entre una niebla indecisa,
para que temple la brisa
las blandas alas del sueño.

Mas si trocado el desmayo
en tempestad de su seno,
estalla el cóncavo trueno
que es la palabra del rayo,
hiere al ombú de soslayo
rojiza sierpe de llamas,
que, calcinando sus ramas,
serpea, corre y asciende,
y en la alta copa desprende
brillante lluvia de escamas.

Cuando, en las siestas de estío,
las brillazones remedan
vastos oleajes que ruedan
sobre fantástico río,
mudo, abismado y sombrío,
baja un jinete la falda
tinta de bella esmeralda,
llega a las márgenes solas
...¡y hunde su potro en las olas,
con la guitarra a la espalda!

Si entonces cruza a lo lejos,
galopando sobre el llano
solitario, algún paisano,
viendo al otro en los reflejos
de aquel abismo de espejos,
siente indecibles quebrantos,
y, alzando en vez de sus cantos
una oración de ternura,
al persignarse murmura:
"¡El alma del viejo Santos!"

Yo, que en la tierra he nacido
donde ese genio ha cantado,
y el pampero he respirado
que al payador ha nutrido,
beso este suelo querido
que a mis caricias se entrega,
mientras de orgullo me anega
la convicción de que es mía
¡la patria de Echeverría,
la tierra de Santos Vega!

La muerte del payador
Bajo el ombú corpulento,
de las tórtolas amado
porque su nido han labrado
allí al amparo del viento,
en el amplísimo asiento
que la raíz desparrama,
donde en las siestas la llama
de nuestro sol no se allega,
dormido está Santos Vega,
aquel de la larga fama .

En los ramajes vecinos
ha colgado silenciosa
la guitarra melodiosa
de los cantos argentinos.
Al pasar los campesinos
ante Vega se detienen,
en silencio se convienen
a guardarle allí dormido
y hacen señas 'no hagan ruido'
los que están a los que vienen.

El más viejo se adelanta
del grupo inmóvil y llega
a palpar a Santos Vega
moviendo apenas la planta.
Una morocha que encanta
por su aire suelto y travieso
causa eléctrico embeleso
porque, gentil y bizarra,
se aproxima a la guitarra
y en las cuerdas pone un beso.

Turba entonces el sagrado
silencio que a Vega cerca,
un jinete que se acerca
a la carrera lanzado;
retumba el desierto hollado
por el casco volador;
y aunque el grupo, en su estupor,
contenerlo pretendía,
llega, salta, lo desvía,
y sacude al payador.

No bien el rostro sombrío
de aquel hombre mudos vieron,
horrorizados sintieron
temblar las carnes de frío.
Miró en torno con bravío
y desenvuelto ademán,
y dijo: "Entre los que están
no tengo ningún amigo,
pero, al fin, para testigo
lo mismo es Pedro que Juan."

Alzó Vega la alta frente
y le contempló un instante
enseñando en el semblante
cierto hastío indiferente.
"Por fin", dijo fríamente
el recién llegado, "estamos
juntos los dos y encontramos
la ocasión, que éstos provocan,
de saber cómo se chocan
las canciones que cantamos".

Así diciendo, enseñó
una guitarra en sus manos
y en los raigones cercanos
preludiando se sentó.
Vega entonces sonrió
y al volverse al instrumento
la morocha hasta su asiento
ya su guitarra traía
con un gesto que decía:
"La he besado hace un momento".

Juan Sin Ropa (se llamaba
Juan Sin Ropa el forastero)
comenzó por un ligero
dulce acorde que encantaba.
Y con voz que modulaba
blandamente los sonidos,
cantó tristes nunca oídos,
cantó cielos no escuchados,
que llevaban, derramados,
la embriaguez a los sentidos.

Santos Vega oyó suspenso
al cantor y toda inquieta
sintió su alma de poeta
como un aleteo inmenso.
Luego en un preludio intenso
hirió las cuerdas sonoras
y cantó de las auroras
y las tardes pampeanas
endechas americanas
más dulces que aquellas horas.

Al dar Vega fin al canto,
ya una triste noche oscura
desplegaba en la llanura,
las tinieblas de su manto.
Juan Sin Ropa se alzó en tanto,
bajo el árbol se empinó,
un verde gajo tocó,
y tembló la muchedumbre,
porque, echando roja lumbre,
aquel gajo se inflamó.

Chispearon sus miradas,
y torciendo el talle esbelto
fue a sentarse medio envuelto
por las rojas llamaradas.
¡Oh, qué voces levantadas
las que entonces se escucharon!
¡Cuántos ecos despertaron
en la Pampa misteriosa,
a esa música grandiosa
que los vientos se llevaron!

Era aquélla esa canción
que en el alma sólo vibra,
modulada en cada fibra
secreta del corazón;
el orgullo, la ambición,
los más íntimos anhelos,
los desmayos y los vuelos
del espíritu genial,
que va, en pos del ideal,
como el cóndor a los cielos.

Era el grito poderoso
del progreso dado al viento,
el solemne llamamiento
al combate más glorioso.
Era, en medio del reposo
de la Pampa ayer dormida,
la visión ennoblecida
del trabajo, antes no honrado;
la promesa del arado,
que abre cauces a la vida.

Como en mágico espejismo,
al compás de ese concierto
mil ciudades el desierto
levantaba de sí mismo.
Y a la par que en el abismo
una edad se desmorona,
al conjuro en la ancha zona
derramábase la Europa,
pues sin duda Juan Sin Ropa
era la ciencia en persona.

Oyó Vega embebecido
aquel himno prodigioso
e inclinando el rostro hermoso,
dijo: "Sé que me has vencido".
El semblante humedecido
por nobles gotas de llanto
volvió a la joven, su encanto,
y en los ojos de su amada
clavó una larga mirada
y entonó su postrer canto:

"Adiós luz del alma mía,
adiós flor de mis llanuras,
manantial de las dulzuras
que mi espíritu bebía;
adiós mi única alegría,
dulce afán de mi existir;
Santos Vega se va a hundir
en lo inmenso de esos llanos...
¡Lo han vencido! ¡Llegó, hermanos,
el momento de morir!"

Aún sus lágrimas cayeron
en la guitarra, copiosas,
y las cuerdas temblorosas
a cada gota gimieron;
pero súbito cundieron
del gajo ardiente las llamas
y trocado entre las ramas
en serpiente Juan Sin Ropa
arrojó de la alta copa
brillante lluvia de escamas.

Ni aun cenizas en el suelo
de Santos Vega quedaron,
y los años dispersaron
los testigos de aquel duelo;
pero un viejo y noble abuelo,
así el cuento terminó:
"Y si cantando murió
aquél que vivió cantando
fue, decía suspirando,
porque el diablo lo venció".
     


El Alquimista
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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