
Los enfermos del poder
Por Sergio Fernandez Novoa

“Cuando uno habla de que el poder enferma y la enfermedad del poder, se ve, por la reiterada casuística que exhiben la historia y el presente de América latina, que no es una frase hecha, sino que es parte de una realidad”.
La sentencia pertenece al periodista Nelson Castro, quien en la abulia y el calor del verano resolvió retornar a la medicina. Sin abandonar nunca, por supuesto, su rol de abanderado de la oposición político-mediática.
Su razonamiento es más o menos simple: los presidentes latinoamericanos, con su tendencia al absolutismo, a eternizarse en el “poder”, terminan enfermándose. El poder enferma y ellos no pueden más que enfermarse de poder.
Ahí están para demostrarlo Lula, Dilma, Lugo, Chávez, Fidel, Néstor y Cristina. Algo así como el nuevo eje del mal que se animó a desafiar las recetas (nunca mejor empleado el término si de lo que se trata es de prescribir la cura) del Consenso de Washington para atreverse a pensar una sociedad más justa. Y más sana, claro, porque sólo donde hay justicia puede haber salud física, psíquica y espiritual.
La enfermedad de los “malos”, en definitiva, estaría determinada por su irracionalidad, por la desmesura, por su avidez sin límites. Una suerte de tragedia shakesperiana en la que el afán de poder de los presidentes-tiranos, apoyados por pueblos manipulados, conduce a la locura. Y ésta a la muerte.
Desde la perspectiva planteada, que con distintas variantes y matices recitan los medios hegemónicos y repiten los principales referentes de la oposición, el poder tiene una localización geográfica bien definida: la casa de gobierno. “El poder” es el gobierno, señalan. A veces lo dicen con ingenuidad. Casi siempre, con cinismo.
Jamás se atreven a plantear, aunque lo sepan, que el poder son las corporaciones económico-financieras, cuyas decisiones pueden tener más incidencia en la vida cotidiana de millones de personas que las de muchos gobiernos.
Tampoco escribirán que el poder son los grandes bancos, la timba financiera o los grupos de medios concentrados, cuyas ganancias, supremacía e influencia superan, en buena medida, a las de la mayoría de los países de la Tierra.
Esta mirada se complementa con la subestimación permanente de los pueblos. En especial, los latinoamericanos, quienes son engañados por los “enfermos del poder”. Es por ello que se empecinan en rechazar la civilización del ajuste, el saqueo y humillación del Norte para abrazar la barbarie de la justicia social, la soberanía y la dignidad del Sur.
Si el poder es el gobierno y este está enfermo de poder, vencer la enfermedad significa vencer al gobierno. Y una vez vencido el gobierno, qué queda. El poder real. Este seguirá vivito y coleando ya que, al no ser poder, no está enfermo y, se sabe, sin enfermedad se allana el camino a la inmortalidad.
Además, la enfermedad como metáfora política no deja de ser inquietante, sobre todo si se tiene en cuenta que con la enfermedad no se dialoga, se lucha, se combate hasta las últimas consecuencias, se la erradica.
Si los pueblos son manipulados, tratados como ineptos, qué queda. Reemplazarlos, hablar y actuar en su nombre. “Los pueblos también se equivocan” es la frase que eligen para justificar el anhelo de una “democracia calificada”, conformada por “intelectuales serios”, “periodistas serios”, “empresarios serios” y “políticos serios” como los que gobernaron durante la mayor parte de nuestra historia.
Deslegitimados, Gobierno y Pueblo quedan al arbitrio de los poderosos. Por eso no debería sorprender que a la politización de la enfermedad de Cristina a la que se entregaron con frenesí algunos de los referentes de la oposición político-mediática le faltara un capítulo: el de la simulación.
Si Cristina se enfermó por su adicción al poder, la sobreactuación de su dolencia sería una consecuencia de la misma patología. Así como su decisión de preservar el luto por la pérdida de su compañero y esposo era una utilización política del dolor, el nuevo diagnóstico de su enfermedad se convirtió, según el doctor Nelson Castro, en “un papelón para la medicina argentina”. Definición grandilocuente y vacua que dice más de quien la pronuncia que de “la medicina argentina”.
La Presidenta, desde esta visión, no es dueña de su cuerpo ni de su dolor. Sólo controlaría su ambición. Así ellos, perdidosos en las urnas y en la consideración de las mayorías, creen tener una segunda oportunidad. Buscan recuperar el sitial que perdieron en el Olimpo del Periodismo y, en un mismo movimiento, velar por el statu quo. Sin embargo, mal que les pese, hay un nuevo tiempo en el que la salud colectiva también se construye desde la capacidad de hacer visibles las ocultas intenciones de estos operativos.
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Sergio Fernandez Novoa
Presidente de la Unión Latinoamericana y el Consejo Mundial de Agencias de Noticias
Informe Especial de Diario Registrado